Aprender no es un círculo. Es una espiral.
En 1931, en un ayllu llamado Warisata, en el altiplano boliviano, un educador aymara llamado Avelino Siñani construyó junto a Elizardo Pérez una escuela que se suponía imposible. La comunidad la gobernaba. Mayores, madres y padres formaban parte de su consejo. Las niñas y los niños aprendían construyendo, sembrando y decidiendo. Era la educación como autorrealización, y fue tan poderosa que la clase terrateniente la desmanteló en menos de una década. Hoy, la ley nacional de educación de Bolivia lleva su nombre.
Llevo su apellido. No puedo afirmar que exista un vínculo de sangre, y no lo necesito. Siñani es mi ancestro mítico: la prueba, escrita en mi propio nombre, de que el pueblo aymara siempre ha construido educación de nivel mundial en sus propios términos.
Mi primer privilegio no fue el dinero. Fue una casa llena de docentes. Mi tío y mi tía enseñaban en primaria y secundaria, y crecí dentro de sus historias de aula, rodeada de sus libros. De ellos absorbí la convicción que ha organizado mi vida: aprender es posible. Puedes aprender cualquier cosa.
Por eso, cuando tenía doce años y una profesora preguntó a la clase cómo podíamos cambiar el mundo, mi respuesta fue inmediata: con educación, por supuesto.
Años después, mientras vivía en Nueva York, colaboré con programas educativos por toda la ciudad, estudié cuanto pude sobre cómo aprenden las niñas y los niños, y dirigí Bolivian Express, la revista que cofundé. Cuando ese capítulo terminó, supe lo que quería: no sumarme a algo, sino crear algo. En Bolivia. Para Bolivia.
Zera nació en 2013, en una pequeña oficina de La Paz. En marzo de 2015 dimos nuestro primer curso dentro del penal de mujeres de Obrajes, con trece niñas y niños que vivían allí junto a sus madres. Durante meses, mis amigas y amigos voluntarios y yo cargábamos todo: el proyector, los materiales, la comida, los juegos, los insumos de arte. Queríamos construir un oasis dentro de esos muros. Lo que no esperábamos era cuánto nos enseñarían.
Una tarde hicimos collages. Cada niño eligió imágenes de aquello que anhelaba, lo tangible y lo intangible. Las páginas de lo tangible se llenaron de aviones, autos, útiles escolares, flores y juguetes. Para lo intangible, escribieron palabras: felicidad, alegría, aventura. Y página tras página, una palabra volvía: seguridad. Las niñas y los niños no deberían tener que anhelar seguridad. Ellos lo hacían.
Entonces un niño de diez años me mostró su collage. Un avión. Un futbolista. Y en el espacio de lo intangible, una palabra: lágrimas. Pensé que no había entendido el ejercicio y le pregunté por qué. Sabía exactamente lo que hacía. "Porque las lágrimas son parte de la vida", me dijo.
Tenía diez años, y tenía razón. Así piensan las niñas y los niños cuando alguien los toma en serio. Toda nuestra pedagogía vive dentro de su respuesta: una educación que no niega lo difícil y tampoco se rinde ante ello.
Cuando terminó el curso, las madres nos escribieron una carta pidiéndonos que volviéramos para enseñar la siguiente etapa. Esa carta es nuestro verdadero documento fundacional. No un diagnóstico de necesidades. No una evaluación de daño. Madres, en las circunstancias más difíciles, exigiendo más aprendizaje para sus hijos. Desde entonces respondemos a esa carta.
Zera es la palabra hebrea para semilla. Pero zera significa más que la semilla: también es el fruto, el inicio y el resultado, el ciclo vivo completo. Eso es la educación. En los Andes decimos qhip nayra: caminamos hacia adelante con el pasado ante nuestros ojos. Aprender no es un círculo que se repite. Es una espiral. Cada vuelta, el mismo suelo, un nivel más alto.
Hoy esa espiral abraza a más de 12.300 niñas y niños en los nueve departamentos de Bolivia, la red nacional de hospitales infantiles, dieciséis centros penitenciarios, escuelas públicas y comunidades rurales. Los ancestros construyeron Warisata. Los honramos llegando más lejos.


